Jugando con fuego te arde la piel. Te quemas; el murmullo de las llamas te canta en las sienes, te traspasa la carne hasta inundar tu ser de carmín y calor. Te quemas, pero no puedes parar de mirar cómo las llamas juegan con tus pupilas y tu alma y danzan al son del deseo.
Te quemas y te gusta... y continuas jugando, a pesar de conocer el final de toda hoguera.

