viernes, 10 de agosto de 2007
Cuando estoy a solas el reloj de la pared de mi habitación ya no susurra ni habla ni respira.

Cuando estoy a solas, con las piernas enredadas entre mis sábanas y tu voz acariciándome los oídos al otro lado de la línea telefónica, tan sólo es el murmullo de mi respiración entrecortada el único tic-tac ahogado que retumba en mis sienes y que marca el ritmo del paso del tiempo.



Cuando estoy a solas tu voz es Dueña y Señora de mis deseos, y es capaz de endulzar la más amarga de mis tardes tan pronto como someterme a sus peores travesuras e ideas. Tus palabras resuenan en mi mente y en mi pecho incluso horas después de colgar el teléfono, estrictas, recordándome en lo que me he convertido que es, a fin de cuentas, lo que siempre fui. Tuya.



Cuando estoy a solas ya no soy esa mujer responsable que planea y prepara, que se apresura por no llegar tarde y que se esfuerza por resolver eficazmente los problemas. Ya no soy la que procura estar siempre en su sitio y que defiende sus ideas sobre todo y sobre todos, la que consigue tener bajo control cada situación cotidiana.

Cuando estoy a solas lo único que me apetece es modelar mis curvas y mi mente y convertirme en esa parte de tu alma que te hace gemir; transformarme en placer ( tu placer) y dedicarme íntegramente a lamer tus suspiros.



Cuando estoy a solas y escucho tu risa (grave, pausada, sabia) un cosquilleo recorre mi espalda y eriza mi piel desnuda sobre la cama. Me retuerzo y ronroneo abrazando la almohada y aguardo, atenta y obediente, durante cada uno de esos silencios que sueles adelantar a cada orden.



Cuando estoy a solas y me ordenas " AHORA..." muerdo la almohada y el reloj de mi respiración también se detiene.